Cuando la arquitectura pasa de lo material a lo etéreo,
cuando el donde no importa y el que, trasciende, cuando el recurso que tan a la
mano tenemos no alcanza (el tiempo), ese instante que no es lugar, sino
momento. Es la parte de la vida donde las aguas se aplacan y todo tiene sentido
de nuevo; para mí, la columna encabronadamente fuerte de donde derivan las
nuevas promesas, sueños e ilusiones, donde se sana el alma. Después medito un
poco, sólo un poco, y pienso ¿Qué realmente es tan importante, una tasita de
café? Me respondo inmediatamente, “nunca es suficiente” pero me esfuerzo y
pienso otro poquito y me doy cuenta de que tampoco es el café. El aroma seduce,
distrae, concentra, pero no, no es eso. Tal vez sean las personas, pero si me pusiera
a pensar en todas las personas que existen y al pasar me ignoran, podría hacer
un tratado entre mi soledad, sus soledades y lo extraño que es la libertad. Son
entonces ellos, fábricas de emociones, sensaciones y reconfortantes esperanzas,
son ellos, a los que les debo mi vida, porque mi vida está construida de
momentos, y ellos hacen muchos de esos. En la imagen estoy tomándome una tasita
de café con ellos, yo estaré detrás del dibujo siempre cada vez que lo vea,
como se los prometí aquel día, espero que a lo lejos me puedan ver, dibujado en
ese momento, porque son ellos quienes me impiden renunciar a los sueños más
tiernos e imposibles. Siendo auto critico, ellos, en la imagen, no se parecen a
los que van caminando por la calle tirando rostro, pero si se parecen a los
amigos que soñé para esta mi única vida.

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